LAS PALABRAS DE LA TRIBU
"La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha" (Montaigne)
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El Mercado no descansa. Prontos a agotarse los negocios de todo género montados en torno a aquella tontería del metrosexual, un nuevo invento léxico viene a sustituirla para incautos dispuestos a consumir nuevos productos, sucumbir a nuevas consignas estéticas y tragarse todas las patrañas que sociólogos de pacotilla vayan difundiendo sobre el particular. La palabra es ubersexual. Al igual que la anterior, no significa nada –nada de fundamento- pero ya ha conseguido penetrar en titulares de revistas de moda y suplementos dominicales.


2005-12-11, 17:50 | 7 comentarios

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Comentarios

1
De: Estefanía Fecha: 2005-12-12 17:39

¡Jo, jo, jo, jo, jo! ¿Y el übermensch para cuándo?



2
De: JMR Fecha: 2005-12-14 18:36

Juan Manuel de Prada dedicaba a la palabreja su artículo en el ABC del pasado domingo 11 de diciembre. Bastante gracioso, lo copio aquí:

Los modelos de masculinidad se suceden al ritmo de las estaciones, como las colecciones de los más afamados modistos. Para quienes nos preocupamos por seguir al dedillo los dictados de las tendencias (como es modestamente mi caso), este continuo trasiego empieza a generarnos ciertos problemas de esquizofrenia, amén de estrés, apnea y neuralgias. Es muy duro levantarse metrosexual y descubrir a la hora de la siesta que lo que tú creías el colmo de la megafashion es ya una moda caduca, casi arqueológica. De repente, uno se siente ridículo y como desplazado; de repente, todos los aullidos proferidos durante las sesiones de depilación, todos los desembolsos pecuniarios en cremas exfoliadoras, lociones astringentes y ungüentos de extracto de caviar, se tornan inútiles, como propios de un pringado. Es un trance, sin embargo, que el fashion victim (y yo me precio de contarme entre los más abnegados) debe afrontar con aplomo, hurgando en esos depósitos de fortaleza que los grandes hombres reservan para los grandes momentos. Como Sócrates en el instante de probar la cicuta, como César cuando se dispone a cruzar en Rubicón, el hombre preocupado por su imagen externa debe tomar conciencia de su designio; debe espantar los pensamientos mortificantes que lo invitan al desistimiento y erigirse sobre los escombros de la desolación para afrontar el nuevo reto que se le brinda. Se trata de un trance ímprobo, casi sobrehumano, pero la continuidad de la Humanidad pende de decisiones como ésta: si Colón no hubiese probado una ruta alternativa para alcanzar las Indias, si el mando aliado no hubiese decidido el desembarco de Normandía, la Historia hubiese derivado por andurriales muy diversos. El metrosexual que vacila ante el espejo, incapaz de renunciar a esas mechas que tanto le favorecen, debe sacar fuerzas de flaqueza e invocar al ejemplo de aquellos personajes que rectificaron el curso de la Historia. «Si ellos lo consiguieron –debe decirse–, ¿por qué yo no?»
Así, aureolado de ese coraje que determina el advenimiento de las nuevas eras, el metrosexual deberá acatar que su reinado ha concluido; deberá asimilar que la renovación y el reciclaje de su estampa constituyen las razones primordiales de su existencia. Y, entonces, una vez sobrepuesto del shock, deberá entregarse a la labor de convertirse en ‘ubersexual’ con el mismo desvelado afán que antes empleó para transformarse en un pedazo de metrosexual de tomo y lomo. El aprendiz de ubersexual, a poco que haya leído (pues no sólo de manicura vive el fashion victim), recordará aquella salutación optimista de Rubén Darío:

«Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda…». La ubersexualidad es una vuelta al hombre ubérrimo, al hombre que no disfraza su masculinidad con afeites cosméticos, al hombre seguro de sí mismo que abomina de los dengues y las afectaciones vanidosillas del metrosexual, al hombre comunicativo, franco, orgulloso de su condición. ¿Que empiezan a despuntar los cañones del vello allí donde apenas hace quince días relumbraba una piel lustrosa? No importa: el ubersexual puede permitirse el lujo de lucir pelo en el pecho. ¿Que una vez desvanecido el tinte de las mechas asoman las canas delatoras de la edad? No
importa: el ubersexual sabe que sus cabellos espolvoreados por el invierno son heraldos de una madurez más aquietada e irresistible. ¿Que le apetece atizarse un lingotazo de vez en cuando?

No importa: aquella afectación abstemia del metrosexual resulta ya obsoleta e irrisoria. Poco a poco, el aprendiz de ubersexual comienza a sentirse cómodo en su nuevo avatar masculino; poco a poco, el recuerdo de sus días metrosexuales empieza a antojársele un pecadillo de juventud, un paisaje extraviado y bochornoso de su biografía, una aberración lechuguina, una detestable debilidad sarasa. Casi sin darse cuenta, se ha metido en su renovado pellejo ubersexual y se siente como pez en el agua, como gallo en el corral, como cabritilla en el prado de sus retozos.

Entonces, cuando ya se las promete muy felices, lo apremia una duda que atormentará su porvenir (o, al menos, las semanas que la ubersexualidad tarde en ser suplantada por una nueva tendencia). ¿Deben contarse entre los atributos masculinos las adiposidades abdominales? O, dicho más sucintamente, ¿es ubersexual la barriga? Mientras se contempla desnudo en el espejo, una terrible congoja oscurece su dicha.



3
De: Clarita Fecha: 2006-01-24 19:49

Oie ke io no se ke es ubersexual. kien lo sepa ke me agrege : claramasguerrero@hotmail.com y aber si soluciona mis dudas



4
De: Clarita Fecha: 2006-01-24 19:53

ke paridaaa!!!!



5
De: George Fecha: 2006-12-12 03:56

Como que no sabes que significa la palabra Clarita?
Entonces no leiste lo que esta aqui posteado?

Te digo...



6
De: jhs Fecha: 2006-12-12 18:28

yo soy un uber sexual
muy chido el articulo........



7
De: Emilio Fecha: 2006-12-12 20:09

Bien lo dice el texto al inicio. No se trata sino de una mera ocurrencia de alguien que no tiene que hacer sino inventar tonterias.



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